ALGO PARA LEER

                                Escrito por Luis Guerra

A MI QUERIDO PAY, POR LA FELICIDAD QUE ME DIO

EN EL POCO TIEMPO QUE ESTUVIMOS JUNTOS.

 

 

 

 

 

 

I

 

ESTABA EL SEÑOR DON GATO,

SENTADITO EN SU TEJADO.

MARAMAMIAU, MIAU, MIAU...

 

 

Me desperté sobresaltado al escuchar el timbre de la casa, sonaba de manera estrepitosa y poco agradable a mis orejas. Esperé a que dejara de sonar, y cuando lo hizo, me di la vuelta y me dispuse a dormir de nuevo. Casi cuando lo estaba consiguiendo sentí que algo me acariciaba, era la mano de mi amo, suavemente de arriba a abajo de mi cuerpo – no sé que me gusta más, que me acaricien, salir de noche o comer pescado -. Le correspondí con un ronroneo y volví a mi sueño, que también es muy agradable, sobre todo por las tardes, y aún más cuando el sol le cae a uno encima, suave y calentito. Sí, muy agradable.

Al final de la tarde, cuando empezaba a ponerse el sol, era mi hora para salir y dar un largo y gran paseo, y si duraba toda la noche, mejor. Salté del sofá y me dirigí a la puerta, desperezándome por el camino, de pronto unos colmillos grandes, muy grandes, se abalanzaron sobre mí. Eché a correr y antes de que me alcanzaran conseguí saltar rápidamente la reja del patio hacia la calle; esos colmillos pertenecían a uno de mis mejores amigos, aunque parezca raro que un gato tenga como mejor amigo a un perro. Pero hoy no me encontraba con muchas ganas de jugar, hacía poco tiempo que nos habíamos cambiado de casa y tenía mucha curiosidad por mi nuevo barrio, así que comencé su reconocimiento.

A pocos metros de la puerta de la casa había un tronco por el que se podía descender hasta la Huerta, muchos usaban ese camino para subir y bajar. En primavera la Huerta se llenaba de margaritas y algunas otras flores silvestres. Era un maravilloso lugar para descubrir palmo a palmo y flor a flor, y donde seguramente encontraría las hierbas que más me gustan. Cuando la recorrí con la vista y no detecté ningún peligro cercano me dispuse a bajar, pero en ese momento percibí el olor de otro gato, estaba cerca, pero no conseguía verlo. Me volví y exploré los tejados con la vista y el olfato, hasta que lo descubrí en el tejado que había justo tras de mí: quieto, muy quieto, observándome. Supongo que me observaba desde que salí de la casa, pero parecía algo triste al mirarme. Me quedé inmóvil como él y también me puse a observarlo fijamente: era bastante grande, blanco y gris. De repente dio un salto y desapareció por el otro lado del tejado.

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Se había hecho de noche, y la Luna árabe – como he oído que la llamaban –, que es mi preferida, brillaba en el cielo. Todavía no conocía a muchos gatos en el barrio y tenía que hacerme amigos. Mientras pensaba en esto escuché abrirse la verja de la casa y a mi ama que me llamaba. Era la hora de la cena, salí corriendo hasta ella y entramos en la casa. Como siempre reservé un poco de mi comida para Perro. Él disfrutaba rebañando mi plato y mientras, yo rebañaba el suyo, aunque a veces no había nada que rebañar, comía como veinte gatos juntos.

Luego, mientras Perro daba un paseo con mi amo, yo me iba al cuarto de los niños, que siempre, a esa hora, se estaban acostando. Les daba mucha alegría verme llegar, me tiraban besos y me abrazaban, yo disfrutaba con ellos. Algunas veces conseguía quedarme con ellos a dormir, pero casi siempre me lo prohibían. Tenía que esconderme para conseguirlo, pero aparecía Perro, descubriendo mi escondite e intentando morderme. Yo salía corriendo del cuarto y me escondía tras las cortinas, cuando él se acercaba, me lanzaba a sus patas traseras y se las mordisqueaba; entonces él se echaba sobre mí y nos enredábamos en un juego maravilloso de carreras, saltos y mil cosas más. Cuando empezaban a apagarse las luces de la casa Perro y yo nos íbamos a dormir a la cama de mis amos, yo me subía rápidamente a la mesilla, donde siempre dormía calentito junto a la lámpara.

Al día siguiente, después de haber pasado la noche dormitando y jugando a ratos con Perro en el patio de la casa, donde teníamos bastante sitio para correr y saltar a nuestro antojo, llegó la hora de mi paseo. No llevaba mucho camino recorrido cuando volví a ver al gato de la noche anterior, estaba sentado en una murallita que había al otro lado de la carretera, que daba a un acantilado y desde donde se podía divisar el mar y todas las costas de los alrededores hasta muy lejos. – Esta vez tengo que intentar hacerme su amigo, me dije, - y me dirigí hacia él al tiempo que buscaba un sitio para bajar del tejado. Sigilosamente me coloqué a su lado, no muy cerca, y le saludé amigablemente; él no se movió, respondió con un hola un poco seco y continuó con los ojos fijos en el infinito.

En aquel lugar, los vecinos del barrio solían dejar lo que ellos llamaban basura, y que siempre suele contener comida, - así que mientras esperaba intenté hablar con él -:

-          Hola - dije otra vez - estas muy serio y pensativo, ¿qué te ocurre?

-          Nada.

-          Bueno, no te enfades, sólo quería hablar un poco, pero si no te caigo bien me voy.

-          No hace falta que te vayas, - respondió - es sólo, que cuando te miro me recuerdas a alguien.

-          Sí, ¿a quién?, ¿era como yo?.

-          Sí, era como tú, y además vivía en la casa en la que tú vives ahora. Pero no creo que te interese que..., bueno, dejémoslo.

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Su cara se había puesto más triste aún, y eso me intrigó, durante un momento le observé atentamente: era un gato bastante fuerte, quizás un poco viejo, o quizás, su tristeza era la que le hacía parecer un poco envejecido; tenía una cicatriz en la parte izquierda de la cara, y otra bastante llamativa en la oreja izquierda.

-          Me gustaría escucharte, más aún si vivía en la misma casa que yo, por favor, cuéntame como era.

-          Bueno, te lo contaré - respondió al cabo de un momento -, quizás te sirva de ayuda en algo.

Hace unos años vino a vivir aquí una familia muy parecida a la tuya: el padre, la madre y tres niños pequeños, que siempre estaban pendientes de él y cuando le veían se ponían a llamarlo a voces y se disputaban quien lo cogería primero. También vivía con ellos un perro, un gran perro pastor, de color casi blanco, el lomo negro y algunos tonos de marrón en la cara; se llamaba Lobo, mi amigo le quería mucho. Cuando íbamos a buscarlo teníamos que hacerlo con mucho cuidado, porque no nos dejaba entrar en su patio, pensaba que íbamos buscando pelea o algo así. Mi amigo decía que era un gran perro ese Lobo.

Al poco tiempo de vivir aquí, siempre andaba de peleas con un viejo pero fuerte gato, que era el Don Gato del barrio: era blanco con manchas negras, muy orgulloso y arrogante. Desde el primer momento intentó demostrar que éste era su territorio, incluso la casa de mi amigo. Eso fue lo que les llevó a tener continuas discusiones y peleas, de las que Lobo le sacó en más de una ocasión; al igual que su amo, que en cuanto escuchaba los chillidos salía rápidamente, aunque fuese de madrugada, para evitar que saliese mal herido.

Era un ligón de cuidado, tenía a todas las gatas pendientes de él, incluso algunas se quedaban a dormir en su patio las noches que él no podía salir, reclamando su presencia con maullidos melancólicos de vez en cuando. Poco a poco se fue integrando en nuestra comunidad, no sin grandes esfuerzos para ser admitido.

-          Ten en cuenta que era como tú, un gato casero, y sabía poco de nuestras normas y costumbres y de los peligros de la calle. Pero consiguió integrarse muy bien. Ya lo creo que sí, se convirtió en uno de los mejores del barrio en muy poco tiempo, muy poco tiempo...

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II

 

HA RECIBIDO UNA CARTA.

QUE SI QUIERE SER CASADO,

CON UNA GATITA BLANCA.

MARAMAMIAU, MIAU, MIAU...

 

 

Yo le conocí por el Rubio. Un día que iban los dos por la Huerta, nos encontramos por casualidad en las chumberas, nos saludamos y decidimos seguir el camino los tres juntos. Buenos tiempos aquellos, cuando íbamos de gatas. Ese día exactamente tras una gatita preciosa que había aparecido en el barrio. No sabíamos de dónde había venido, pero que más daba, estaba aquí y eso era lo que nos gustaba. Era toda blanca menos el rabo y con una mancha de un gris precioso en uno de los ojos. Era la más cortejada del barrio en aquellos días.

Así empezaron nuestras aventuras y sobre todo el inicio de nuestra amistad. Todas las mañanas íbamos a buscarlo a su casa, a la hora en que su amo solía marcharse, y a él le colocaba en la muralla que separaba el patio grande de la casa. Otras veces pasábamos la noche juntos por los tejados o en la Huerta. Nos despedíamos en cuanto nos picaba un poco el hambre, ya de mañana. Él volvía a su casa, comía algo (casi siempre le daban leche) y después de un ratito volvíamos a nuestras correrías.

Recuerdo un día que estábamos tumbados tranquilamente en el tejado plateado, el de la esquina de su patio, cuando de pronto aparecieron dos enormes gatos del barrio de abajo. Venían con ganas de pelea y casi sin previo aviso, uno de ellos se abalanzó sobre mi amigo - menos mal que su estrella nos ayudó aquel día -, nosotros estábamos un poco más abajo y no pudimos reaccionar hasta que ya estaban en pleno combate. A pesar de la corpulencia del atacante, la combatividad y rapidez de mi amigo equilibraban la lucha. Otros dos gatos aparecieron por la esquina superior del tejado, era el momento de intervenir y así lo hicimos. Nos lanzamos sobre ellos con todas nuestras fuerzas, pero todavía nos superaban en uno más. Éste se fue a ayudar a su jefe contra mi amigo, mientras el Rubio y yo estábamos ocupados con los otros dos gatos. Los dos saltaron sobre él al mismo tiempo. Consiguió esquivar al primero, pero no pudo hacer lo mismo con el segundo, que le hirió de un zarpazo en la mejilla. Rápidamente ojeó la herida que le habían hecho y casi como un rayo saltó sobre el gato que la había herido, clavándole sus garras en plena cara y volviéndose de un brinco hacia nosotros. Nos colocamos los tres frente a los cuatro atacantes. Al momento, una luz muy brillante comenzó a reflejarse en los ojos de los agresores. Mi amigo sangraba aún por la mejilla, todos quedamos inmóviles, intentando saber de dónde provenía aquel cegador destello que obligaba a nuestros enemigos a cerrar los ojos. El que sangraba por su hocico casi destrozado, fue el primero en salir huyendo, y casi inmediatamente los otros tres hicieron lo mismo, presos del pánico. Nosotros estábamos asombrados. Cuando miramos a mi amigo, vimos que de su cuello salía un rayo de luz blanca, muy fuerte, era el reflejo de los rayos del sol en la plaquita plateada que

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sol en la plaquita plateada que pendía de su collar rojo. Desde entonces comencé a llamarla su estrella plateada. Brillaba mucho de noche, con los rayos de luna parecía llevar una estrella colgada del cuello.

Pasamos muchos y muy buenos días, y por supuesto noches. Aquellas divinas noches, sobre todo la noche en que conseguimos ligar a la preciosa gatita blanca. El Rubio hacía ya varios días que no venía con nosotros. Volvíamos los dos de la Huerta y al llegar al granado de la esquina la vimos allí, subida placidamente, parecía como si nos estuviera esperando. Nos acercamos despacio hasta el árbol y nos sentamos bajo él. Comenzamos a hablarle de cosas bonitas y cariñosas. Ella, al principio, intentaba disimular que le gustaba nuestra presencia y fingía no escucharnos, pero poco a poco se fue animando y al poco rato estábamos los tres hablando, riendo y jugueteando.

Decidimos que en un tejado estaríamos más tranquilos, ya que nunca falta un perro dispuesto a fastidiar una estupenda tarde, o algún estúpido que no tiene otra cosa que hacer que tirarnos piedras. Así que nos subimos al tejado de la dama de noche y allí seguimos nuestro miau miau, con toda tranquilidad y al mismo tiempo con impaciencia por que se hiciese la noche y pudiésemos ver la fantástica luna en el cielo. Cuando al fin apareció, llena y resplandeciente, mi amigo y ella ya habían comenzado con sus juegos amorosos, entre maullidos de felicidad y nerviosismo. Mi amigo me dijo que no podía explicar como fue de maravillosa aquella noche.

Los días que siguieron los pasamos juntos los tres, como si hubiéramos nacido para vivir así eternamente, recorríamos nuestros caminos y soñábamos un rato aquí y otro allí, libres y felices, como gatos de la calle. Algunas veces se nos unía el blanco y negro, que se había vuelto más sencillo y amigable, y nosotros procurábamos que se sintiese nuestro amigo, sobre todo después del accidente que le fastidió una patita...

-          Ahora andamos mucho tiempo, él y yo, desde que mi amigo se marchó.

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III

 

EL GATO DE LA ALEGRÍA

SE HA CAÍDO DEL TEJADO

MARAMAMIAU, MIAU, MIAU...

 

 

Se marchó una noche. Estábamos aquí abajo, justo ahí delante, pasándolo en grande como todas las noches, el blanco y negro, la gatita, mi amigo y yo. Mirábamos la luna árabe, la que más le gustaba, observábamos el cielo, el mar y respirábamos el aroma de la noche.

De repente, ese maullido se oyó cerca de nosotros, fuerte y claro, bastante cerca. Instintivamente la gatita, de un salto atravesó la murallita y cruzó rápidamente la carretera en dirección a la Huerta. Nosotros, como de costumbre, la seguimos. En plena carrera, oímos como un gran estruendo se nos acercaba velozmente, en décimas de segundos el aire se llenó de ese aterrador sonido y una fuerte luz cegadora se nos clavó en los ojos, parecía como si la luna se hubiese caído del cielo. Al instante desapareció y se hizo un gran silencio... No me había dado tiempo a mover ni un músculo, miré a mi alrededor y no vi a nadie, busqué afanosamente a mi amigo y le vi inmóvil, tendido en la carretera. Me acerqué a él temblando de miedo. Estaba muerto, ¿qué había pasado?, estaba muerto; de mi garganta brotó un maullido que aún noto en el aire algunas noches.

-        Él ni siquiera se dio cuenta de lo que pasó.

Todavía no me había dado cuenta de lo que estaba pasando, cuando oí que una persona se acercaba – yo me escondí – lo cogió y se lo llevó, dejándolo al otro lado de la murallita. Cuando la persona se fue empecé a buscarle, pero sin encontrarlo. Mientras lo hacía, llegó el amo de mi amigo, buscándolo con el mismo afán que yo lo hacía. Yo continuaba llamándolo, a lo mejor todavía podía oírme, quizás no estuviese muerto, quizás... Lo encontré tendido en el suelo, junto a unas ramas, no había quizás. El amo de mi amigo se acercó llorando, yo me aparté por precaución, lo recogió con cariño y se lo llevó; en la mano llevaba también su collar rojo, pero ni él ni yo encontramos nunca su redonda plaquita plateada.

-        Por eso vengo aquí todas las noches y miro al cielo, mira allí, a la derecha. Desde aquella noche parece como si hubiese una estrella nueva. A veces brilla tanto que no se nota su forma redondeada. Estoy seguro, es su plaquita plateada, su estrella plateada que le ha salvado para siempre.

-        ¿Cómo se llamaba tu amigo? – le pregunté.

Me miró un momento, desvió su mirada al cielo y con voz orgullosa y alegre contestó: PAYWOKE, el gato de la bruja. PAY, mi amigo...

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IV

 

AL OLOR DE LAS SARDINAS

EL GATO HA RESUCITADO

MARAMAMIAU, MIAU, MIAU...

 

 

La historia me había dejado aturdido, pero aun así advertí que dos personas se acercaban. De un salto nos bajamos de la murallita y nos escondimos entre unos matojos. Las dos personas se detuvieron en el lugar en el que estábamos nosotros y se sentaron en la murallita, estábamos tan cerca que les oímos hablar:

- Algunos decían que sólo era un gato, y otros: ves por eso yo no quiero animales, les coges cariño y después se te mueren y ya está, a llorar, pues no animales, en mi casa no. Hay incluso quienes me miraban extrañados, como diciendo, pues cómprate otro y ya está. También los hay que habrían entretenido el aburrimiento disparándole con sus odiosas escopetas de perdigones. Todos ellos me dan pena, no saben la alegría que sentía cuando le escuchaba maullar desde la calle; enseguida dejaba lo que estuviese haciendo y salía a buscarlo. Casi siempre estaba en lo alto de la muralla del patio, allí pasaba bastante tiempo. Le gustaba vigilar el barrio desde su atalaya de tejas y cuando salía a buscarlo él venía hasta donde sabía que yo alcanzaba y se tumbaba en las tejas para que pudiese cogerlo, a pesar del miedo que le tenía a verse con las cuatro patas levantadas del suelo.

Cuando me sentaba en el sofá o me tumbaba a leer en la cama, antes de dormir, y ronroneando se subía encima y con los ojitos entreabiertos procuraba acercarse hasta mi cuello. Una vez logrado, te daba un mordisquito cariñoso, muy cariñoso, y se acurrucaba dispuesto a dormirse entre mis caricias y el abrir y cerrar incesante y suave de sus garras.

Cuando el juego se apoderaba de él y al menor movimiento de las manos saltaba como un resorte para atrapar tu movimiento y rápidamente retrocedía y se quedaba inmóvil esperando otro gesto sobre el que lanzarse. O que asomase los ojos por el borde de las sábanas, una y otra vez hasta que le picaba el sueño. Era muy dormilón, sobre todo por las tardes, si no se le cruzaba el rabo de Lobo por delante del hocico y eso le espabilaba y se entretenía en agarrarlo. Lobo se volvía y él le mordía en las orejas, se correteaban por toda la casa con una alegría y vivacidad que en muy pocas casas se disfrutan.

Cuando lo encontrabas en la calle y al verte venir se echaba al suelo y empezaba a revolcarse de un lado a otro, hasta que lo cogías y lo abrazabas cariñosamente.

- Y todas las veces que teníamos que hacer de salvadores:

Cuando estuvimos unos días en la Sierra de Cazorla, tanto le gusto el campo que no paraba de corretear de un lado a otro, subiéndose a los árboles lo más alto que podía. Y claro, después no se atrevía a bajar, teníamos que subir a por él y a los pocos minutos ya estaba maullando desde otro árbol.

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Cuando se subió a un acantilado en la playa, lo estuvimos buscando por todas partes y no aparecía, hasta que lo escuchamos maullar asustado, sin poder seguir subiendo ni bajar y tuvimos que ir a cogerlo y salvarlo.

Cuando salía a la calle en invierno y le cogía la lluvia cerca de la casa. El agua no le gustaba mucho, comenzaba a llamarnos sin atreverse a mover ni una sola uña por miedo a mojársela y salíamos corriendo a socorrerle de aquella tragedia aguada.

- También nos dio algún que otro susto:

Una noche cuando nos íbamos a acostar no aparecía por ninguna parte, como todavía era pequeño nos preocupaba que saliese sólo a la calle y se perdiese. Lo buscamos por toda la casa y como no aparecía salí con Lobo a buscarlo a la calle, nos recorrimos todo el barrio y bastante más, por todas partes, hasta de madrugada. No apareció, ya agotados y temiendo que se hubiese perdido nos acostamos. Pero a la mañana siguiente al levantarme escuché un maullido muy débil dentro de la casa, comencé a llamarlo y mientras él maullaba, yo localizaba el sitio de donde provenía, así hasta llegar a la puerta del armario. Pero al abrir el armario no estaba, no se le veía, y sin embargo se le oía, así que abrí un cajón y allí estaba, entre la ropa, había pasado la noche durmiendo muy tranquilo y muy bien abrigado.

Sólo al verlo dirigirse hacia ti y rozarse con tus piernas ronroneando, dándote su cariño y pidiendo el tuyo compensa muchas, muchas cosas, más de las que mucha gente pueda imaginar. Saber que ha vivido libre, como nosotros soñamos hacerlo, y disfrutando de sus queridas noches, además de todos estos maravillosos recuerdos, es lo que nos ayuda a superar el no volver a verlo hasta dentro de mucho tiempo.

 

 

 

 

 

CUANDO LLEGA LA NOCHE

MI CORAZÓN SUBE CONTIGO

A LOS TEJADOS DEL UNIVERSO

PAY.

                                                                                                    FIN

                                                                                                                   VOLVER